M.Sc. Eva Carazo Vargas
Quería escribir sobre la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y Líbano, y sobre el genocidio que siguen cometiendo en Gaza. También acerca de la importancia del territorio para los pueblos indígenas, de la manera en que la cultura y el amor por la Tierra se les vuelven raíz de cuidado y resistencia.
Pero… Se me atravesó el FEES en el camino, y si no saco esto me va a reventar en el pecho.
A mí la Universidad Pública me atraviesa la vida, empezando porque no hubiera podido estudiar si no existiera. Como estudiante y como parte del movimiento estudiantil, como docente, sosteniendo vínculos en los territorios y también como investigadora, me ha dado experiencias y conocimientos que pesan muchísimo en quién soy y en lo que hago. También me permite ganarme el arroz y los frijoles aprendiendo de personas sabias y coherentes, aportando a la sociedad desde un trabajo que amo. Y me regaló gente poderosa y querida, de esa que te abre la mirada y te cuenta ideas nuevas en formas simples, de la que se te vuelve familia y horizonte… Ojalá la U marcara así a todo el mundo que pasa por ahí.
Porque la UTN, la UNED, el TEC, la UNA y la UCR van a cambiar la vida de las 130 mil personas que hoy estudian en ellas, de la mitad que logra hacerlo gracias al apoyo de una beca [1], de las que son la primera en su familia en cursar educación superior y también la vida de mamás y papás que les apoyan con orgullo. La U Pública transforma a la gente que tiene que trabajar o “emprender” entre la inestabilidad y la autoexplotación para sobrevivir y pagarse la carrera, a toda esa que está feliz de robarle horas al sueño para darle vida a movimientos estudiantiles, a cada estudiante que tiene que caminar horas para encontrar conexión y asistir a clases virtuales o enviar una tarea desde un teléfono compartido. Y las Universidades también marcan la vida de la gente que las sostiene y mejora con su esfuerzo cotidiano, así como la de quienes se benefician de las más de 3000 investigaciones y 2200 proyectos de extensión y acción social [2] vigentes cada año.

Fotografía: Eva Carazo Vargas
Esa es la U Pública que yo defiendo, la educación que defiendo.
Una que te atrapa, te revuelca y te coloca en otro lugar, que te muestra que tus formas de vivir y pensar son apenas unas entre muchas posibles, que te da conceptos y herramientas para leer la realidad y también para transformarla. Una que te invita a aprender siempre, tanto de la ciencia occidental rigurosa y metódica que está siempre revisando certezas, como de palabras casi olvidadas que recogen saberes ancestrales, de las historias no escritas y también de esas alternativas justas y solidarias que germinan calladitas en los márgenes. Una que te lleva más allá del sentido común y te permite aportar al bienestar colectivo como maestra, doctora, como arquitecto o sociólogo, como informática, agrónomo, artista, economista, abogada o filósofo… Una U Pública que enseña a cuestionar críticamente las verdades absolutas y a mirarlo todo desde varios lados, buscando casi por instinto lo que está ahí, pero cuesta nombrar, tal vez porque habíamos aprendido sin notarlo a ignorar las disonancias que rompen los sentidos comunes hegemónicos. Necesitamos Universidades que enseñen a pensar, a desarticular las narrativas de dominación y a valorar la diversidad, incluso cuando implica que no siempre estemos de acuerdo.
Porque sé que hay quienes piensan muy diferente, que opinan que el ingreso a la educación superior debería depender exclusivamente del rendimiento académico, y que la inversión en becas y servicios estudiantiles es una alcahuetería. Que afirman que las Universidades deberían concentrarse en carreras técnicas con alta demanda en el mercado, y piensan que un año de Estudios Generales es tiempo perdido. Que creen que todo depende de la voluntad y el esfuerzo individual, porque sin darse cuenta aprendieron a apartar la mirada cuando el poder abre unas puertas y cierra otras. Hay personas que perciben a las Universidades como espacios de privilegio, que todavía no entienden la educación superior como un derecho que también deberían tener.
Sin embargo, aunque miremos la realidad con lentes tan distintos, tiene que haber puntos de encuentro.
Por ejemplo, la importancia estratégica de financiar el sistema educativo, incluyendo la educación superior, porque es la única forma de construir una sociedad de gente diversa, preparada y propositiva, en vez de una masa domesticada y silenciosa que acepte sin protestar cualquier atropello.
Deberíamos poder ponernos de acuerdo en apostarle a la niñez y la juventud, en ir cerrando la brecha educativa que durante la pandemia por COVID-19 se hizo especialmente profunda e injusta, en que la educación sea un factor de movilidad social para esas generaciones que crecieron entre la virtualidad y el miedo.
Y deberíamos poder coincidir también en la necesidad de respetar las leyes, y la Constitución Política que reúne los acuerdos fundamentales que nos definen como país.
Ese debería ser el punto de partida para negociar el FEES. Porque el artículo 78 de nuestra Constitución Política dice que “En la educación estatal, incluida la superior, el gasto público no será inferior al ocho por ciento (8%) anual del producto interno bruto, de acuerdo con la ley, sin perjuicio de lo establecido en los artículos 84 y 85 de esta Constitución”, y agrega que “en ningún caso el porcentaje del producto interno bruto destinado a la educación podrá ser más bajo que el del año precedente” (Transitorio I). El artículo 84 dice que el Estado dotará a las Universidades Públicas de patrimonio propio y colaborará en su financiación, y el 85 crea el Fondo Especial para la Educación Superior o FEES, indicando que no podrá ser abolido ni disminuido y deberá como mínimo ajustarse de acuerdo con los cambios en el poder adquisitivo de la moneda, es decir, tendría que crecer al menos igual que la inflación.
Sin embargo, cuando el gobierno ofreció un 0% de aumento al FEES en la práctica propuso reducir ese fondo, porque todo sube y el presupuesto de las Universidades se quedaría igual. Además, cuando el año pasado simplemente se negó a pasarles poco más de 11.500 millones de colones correspondientes al 2% de aumento al Fondo aprobado por la Asamblea Legislativa, golpeó directamente la capacidad de estas instituciones para cumplir los objetivos con que fueron creadas. Y aunque la Sala IV condenó por ese caso en abril pasado al Ministerio de Hacienda, ya no podía obligarle a girar recursos presupuestados para el año anterior, por lo que todo quedó en una advertencia de no volver a hacer lo mismo en el futuro [3].
Pero no solamente la educación pública superior está bajo ataque. Ya el Décimo Informe del Estado de la Educación advirtió que, lejos de acercarse al 8% constitucional, el presupuesto para el sector ha tenido la peor caída en los últimos 40 años, bajando del 7,5% del PIB que se había alcanzado en 2017 a apenas un 5,28% en 2025, y cerca del 4.6% en 2026. En un momento en que deberíamos haber aumentado la inversión educativa, la reducción presupuestaria ha sido incluso mayor a la obligada por la regla fiscal, además de que se ha implementado sin ninguna justificación técnica y esencialmente como resultado de decisiones políticas [4].

Fuente: Décimo Informe Estado de la Educación 2025 [4]
Entonces, la negociación sobre el FEES no debería ser un pulso de poder ni un regateo, si no un intercambio transparente que tenga como piso el clarísimo mandato constitucional de financiar adecuadamente todos los niveles de educación pública, incluyendo la superior.
Y solamente después de asegurar ese financiamiento, podríamos abrir otros temas. No como chantaje ni amenaza, sino porque es necesario discutirlos.
Por ejemplo: La redistribución gradual, equitativa y sostenible de los porcentajes del FEES entre las cinco Universidades Públicas, a partir de principios que ya acordaron las Rectorías y que ahora les toca operativizar [5]. O las condiciones precarias del personal interino que con frecuencia sostiene el trabajo en el día a día, o las diferencias salariales por igual labor que existen entre las cinco instituciones. También habría que hablar del fortalecimiento real de las Sedes regionales, la investigación y la acción social o extensión, sobre la ampliación de la oferta y calidad académica, y acerca de cómo articular los distintos ciclos educativos para que cada estudiante llegue a la U con capacidades de análisis y elaboración propia.
Además, sería genial conversar sobre volver a negociar el FEES cada cinco años, en vez de anualmente como ocurre desde 2015, para que las Universidades puedan planificar a mediano plazo en vez de pasar la mitad del tiempo peleando para sobrevivir. O poner sobre la mesa la regla fiscal, y analizar objetivamente si vale la pena sacrificar el desarrollo y la política social en aras de una supuesta estabilidad económica que está lejos de representar seguridad ni bienestar para la población.
La mayoría de esa gente incómoda que sale a marchar defendiendo las Universidades Públicas, al mismo tiempo cuestiona los retos que siguen teniendo pendientes. Porque sí, hay desigualdades entre las cinco instituciones, y las hay a lo interno de cada una, y además hay diferentes formas de entender lo que habría que hacer al respecto. Pero mirar hacia adentro con transparencia y criticidad nos da más legitimidad para seguir defendiendo todo lo que hacemos bien, todo eso que hoy está en riesgo.
Tenemos que preguntarnos: ¿A quién le funciona que las Universidades se peleen entre ellas, o que profundicen sus conflictos internos sin resolverlos? ¿Quién se beneficia de tener una población poco educada, dependiente, sin criterio propio ni herramientas para hacerse cargo de su vida o menos aún aportar al bien común? ¿A quién le sirve que estudiar en una buena universidad, ganar el salario mínimo o tener un trabajo estable se entiendan como privilegios, cuando deberían ser derechos para todas las personas? ¿Y cuál debería ser el rol de las Universidades Públicas, y el nuestro como ciudadanía, al responder esas preguntas?
La Universidad es heterogénea por naturaleza, pero en estos tiempos toca ir más allá de los desencuentros para volvernos una sola voz que sea al mismo tiempo movimiento estudiantil, sindicato y autoridad universitaria, y que también sea pueblo indígena, mujer migrante, comunidad local y proyecto de desarrollo, montaña y río, conocimiento colectivo y transformación social.
Esto tiene que ver con usted, con la gente que quiere y le importa, con el barrio donde vive y los servicios que recibe. No es un problema sólo de las Universidades, es un problema que nos golpea desde cualquier lugar que ocupemos. Y no es para nada una valoración técnica y objetiva: es una discusión política, un choque entre visiones distintas acerca del papel y la relevancia de la educación.
En la discusión del FEES se están jugando el sistema de educación superior pública, las condiciones en que las próximas generaciones van a ganarse la vida y además las herramientas que tendrán para leer su realidad y para transformarla. Tal vez incluso la solidez y legitimidad del sistema democrático y el Estado Social de Derecho, que se resquebrajan cada vez que el gobierno evade el mandato constitucional de facilitar el acceso a la educación y financiarla en todos sus niveles.
Hoy está en juego la existencia de un sistema de educación superior pública solidario, crítico y riguroso, con excelencia académica y pertinencia social, que pueda seguir aportando al bienestar de la gente que de verdad lo necesita, y formando profesionales con la sensibilidad y la creatividad necesarias para construir un país mejor que el que tenemos.
[1] https://www.conare.ac.cr/transparencia/datos-abiertos/, https://siesue.conare.ac.cr/estadisticas-universitarias/ y https://www.conare.ac.cr/consultas-y-tramites/estadisticas/indicadores/
[2] https://www.conare.ac.cr/universidades-publicas-demuestran-con-datos-su-aporte-al-pais/
[3] https://semanariouniversidad.com/universitarias/el-fallo-obliga-al-ministerio-de-hacienda-a-evitar-nuevas-omisiones-en-el-giro-del-presupuesto-aprobado-incluido-el-aumento-del-2-para-universidades-publicas/
[4] Informe Estado de la Educación 2025: https://repositorio.conare.ac.cr/collections/e27e1c0a-ba3a-4a7f-8f71-75bedb1499ef
Presupuestos MEP: https://mep.go.cr/transparencia-institucional/presupuestos#!
[5] https://www.conare.ac.cr/conare-ampliado-aprueba-principios-orientadores-para-la-distribucion-del-fees-2027-y-reduccion-de-brechas-entre-universidades-publicas/
Lic. Francis Muñoz Calvo
Actualmente viajar a la zona del pacífico sur de Costa Rica es posible por diferentes vías de comunicación, sin embargo, antes de 1963 intentar viajar a cantones como Pérez Zeledón o Buenos Aires desde Cartago y San José significaban una odisea. Asimismo, el transporte de mercancías y la comunicación de las poblaciones era por medios marítimos: antes del paso de la carretera interamericana la población del cantón de Buenos Aires se hacía por medio del río El General y el río Térraba. La gente sembraba mucha agricultura y se comerciaba en lugares como las bananeras en la zona de Palmar y Puerto Cortés que por esa época se llamaba “El Pozo”.
En ese contexto las poblaciones se desarrollaban, comercializaban y comunicaban fluidamente al margen de lo que ocurría en el Valle Central, lo que le permitía a estas regiones mantener una autonomía económica y cultural. Fruto de esto tuvo lugar una importante cultura campesina que se reflejaba en diferentes expresiones y de las cuales perduran muchas muy importantes, pero una de las más singulares es la permanencia de las músicas de acordeón y de los acordeoneros.

La música de acordeón acompañaba una de las celebraciones campesinas más importantes que tenía lugar dentro de la tradición agrícola de los pueblos que conforman el actual cantón de Buenos Aires, les hablamos de las juntas o también llamadas peonadas: Las peonadas o juntas como le llaman de forma indiferente los pueblos campesinos son reuniones de vecinos cuyo objetivo era llevar a cabo trabajos de la tierra mediante el sistema de mano cambiada, el cual implica que el organizador recibiría el trabajo de sus vecinos con la condición de que luego él debería devolver dicho trabajo en futuras juntas organizadas por sus pares, en un estilo de acuerdo implícito que no se negociaba y solo ocurría. La única condición para el organizador era garantizar la comida, la chicha y el baile: ahí es cuando aparecen los protagonistas del acordeón.

El oficio del músico de acordeón se desarrolló con la llegada de las migraciones chiricanas a Costa Rica, las cuales datan de mediados de siglo XIX y que fecundó la conformación de pueblos como El Pozo (hoy Puerto Cortés), Puerto Jiménez y Potrero Grande que son parte de la geografía social y cultural del sur del país. En diferentes localidades de la zona sur y en especial en los pueblos de herencia chiricana se cuentan las historias de las juntas o peonadas y también de la música y oficio del acordeonista.
En los últimos meses empezamos un proyecto de investigación y por ello hemos recorrido la región sur del país en busca de memorias y relatos de personas acordeoneras de la zona sur, escuchando y documentando la historia de quienes protagonizan y desarrollan este oficio. En estas historias las siembras, las juntas, las peonadas y otras tradiciones ocupan un lugar muy especial, por tanto, el oficio del acordeón y sus músicas tienen un lugar muy importante dentro de las actividades y tradiciones de las economías campesinas.

El objetivo de este trabajo es reconstruir la historia sobre las músicas de acordeón y el oficio de estos músicos, así como analizar las relaciones entre estas músicas y las economías campesinas. Y si bien no es el punto central de la investigación si existe un interés especial por estudiar las relaciones de estas músicas con el desarrollo socio-productivo agropecuario de la región, ya que muchas de las historias que se han recuperado plantean la relación directa entre las celebraciones como las juntas y el oficio del acordeonista.

En la actualidad existen diferentes músicos de acordeón en diferentes comunidades del cantón de Buenos Aires, especialmente en los territorios indígenas de esta región quienes ocupan un rol importante: por ejemplo, en el caso específico de Boruca los acordeonistas acompañan la tradicional celebración del baile de los diablitos. Es por tanto una expresión de raíces mestizas que con los años fue adoptada e integrada a la cultura de los pueblos originarios del sur de Costa Rica y los territorios indígenas de esta región han apropiado este oficio y esta música como propia.
Las músicas de acordeón son una de las formas que tiene el legado cultural de raíces chiricanas panameñas que persisten en la cultura del sur del país: Otras formas de este legado son por ejemplo el tamal de arroz y las salomas. Comenzando por el tamal de arroz este platillo es parte de la identidad de muchos pueblos de raíces campesinas y también es parte del menú que se prepara tradicionalmente en los territorios indígenas.

Foto por: Ricardo Araya Rojas
Por otro lado, las salomas son expresiones líricas propias de la cultura típica del norte de Panamá y son usadas como por la gente del campo durante sus labores en la ganadería y la agricultura, o sea que consisten como una forma de expresión de las personas campesinas y a modo general las salomas se pueden definir como un canto de carácter gutural que se expresa como un alarido que hacen las personas campesinas durante sus trabajos en el campo. Las salomas permanecen dentro de las expresiones de pueblos campesinos en el sur de Costa Rica como Potrero Grande, Biolley y también en territorios indígenas como Boruca durante la celebración del baile de los diablitos.
Les invitamos a ver el siguiente video:
Actualmente este proyecto se encuentra en una fase de formulación y muy pronto estará siendo parte de la terna de proyectos activos del Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo donde esperamos sumergirnos más en este mundo cultural lleno de riqueza y diversidad, experiencia a través de la cual esperamos llevar a cabo nuestras preguntas sobre los orígenes y transformaciones de estas músicas, con el objetivo de aportar a la construcción de una historia desde la memoria de las comunidades campesinas, las cuales aportan a través de su identidad y cultura muchos elementos a la construcción de una sociedad más diversa y rica. Durante este año 2026 estaremos publicando diferentes avances para compartirles la historia de las músicas de acordeón y que conozcan a los protagonistas de estas interesantes historias.
Créditos fotográficos: Francis Muñoz Calvo
Página 3 de 52