Lic. Francis Muñoz Calvo
Hace tan solo un mes atrás estrenamos el documental que lleva el título de este pequeño texto y que significa el producto final de varios años de trabajo en la comunidad de Potrero Grande, la cual está ubicada en la zona sur de Costa Rica en los alrededores de la gran cuenca del río Térraba o también conocida como el Diquís. Esta comunidad ha sido ocupada por diferentes pueblos campesinos desde mediados del S.XIX y es cuna de una cultura única, que al igual que muchas otras comunidades y su historia, son testigos de los retos y desafíos de las comunidades campesinas a lo largo de los años, pero sobre todo son cuna de la resistencia y permanencia de raíces profundas que desmienten la idea de una Costa Rica tallada a la forma e imagen del Valle Central.
Los primeros pobladores de Potrero Grande procedían de Chiriquí, Panamá, y llegaron en una época en que no existían fronteras entre ambas naciones, pero durante el S.XX empezaron a llegar personas y familias de otras latitudes. Hoy Potrero es un pueblo muy diverso y en dicha mezcla existe una historia campesina que relata la autonomía económica y productiva que es posible cultivar a través de la tierra y la montaña. El documental “Potrero Grande: Territorio Campesino” nos ofrece una fotografía de esta comunidad hoy en día a través de las historias de diferentes personas de dicha comunidad, su memoria y su testimonio permiten ver las tensiones entre la cultura local y las fuerzas externas que conviven en una comunidad campesina.
En el caso de Potrero Grande y como relatan sus memorias presentadas en mi última investigación históricamente la convivencia de fuerzas locales y de otras fuerzas externas no ha resultado en una convivencia del todo armoniosa, o al menos no ha resultado en un proyecto de desarrollo que dignifique las formas y fuerzas locales como motor de dicho desarrollo y que respete la convivencia con los ecosistemas y recursos naturales.
Hoy en día en esta sección del país tiene lugar una importante expansión las actividades agroindustriales, lo cual supone una posición difícil para este tipo de comunidades carentes de otras formas de articulación y conexión con los circuitos económicos y comerciales del país, lo cual implica una brecha importante en el acceso a mercados y a fuentes de empleo. En este tipo de escenarios la única oportunidad que existe para las personas es la de emplearse en la mega industria en actividades de alta exigencia física.
Potrero Grande es testigo del peso que tienen los proyectos del Estado y las megaempresas transnacionales y sus efectos en la vida y cultura comunitaria: durante varias décadas fue amenazada de ser inundada por el proyecto hidroeléctrico Boruca, experimentó la llegada y “estampida” de instituciones agrarias y sus importantes garantías para el sector agrícola y actualmente es centro de la expansión agroindustrial más importante del cultivo de piña en toda la Región Brunca.
Así de paradójica, tensa y vertiginosa es la historia agraria de muchas comunidades y en medio de ella viven y sobreviven formas de vida que expresan otros mundos paralelos al de la expansión de los negocios capitalistas, se trata de mundos construidos desde la vida y cultura de familias costarricenses cuyas ambiciones están construidas a partir de posibilidades limitadas en un contexto desfavorable para las economías agrícolas y campesinas, pero que aún en esas condiciones resisten. Por tanto, el documental “Potrero Grande: Territorio Campesino” es una buena forma de apreciar las tensiones, amenazas y resistencias en el mundo de las comunidades campesinas costarricenses y específicamente en la comunidad de Potrero Grande:
Estreno del documental en la comunidad de Potrero Grande:
El pasado mes de octubre estrenamos este documental en la comunidad de Potrero Grande donde fue grabado y lo compartimos con las personas protagonistas. Muchos de ellos y ellas viven en el centro del distrito potrereño, y otras personas se han mudado a otras zonas dentro y fuera del distrito. En esta actividad el equipo de producción del documental pudo compartir con la comunidad y tuvimos una presentación musical con el acordeonista e indígena Bribri el señor José Alberto Ortíz del territorio indígena de Salitre.
Con esta actividad desde el CICDE damos un cierre a nuestro trabajo en la comunidad de Potrero Grande con un enorme y sincero agradecimiento profundo por estos años de trabajo y que esperamos todos estos productos a lo largo de estos años signifiquen un aporte a la memoria y la cultura campesina de Potrero Grande.
Imágenes: propiedad del autor.
M.Sc. Luis Alonso Rojas Herra
Me dirijo a la institucionalidad universitaria no desde la comodidad del aula ni desde la neutralidad de los informes técnicos con el fin de llenar requisitos del POA, sino desde el cansancio acumulado de quienes sostienen con su cuerpo, su deseo y su precariedad los engranajes del sistema educativo. Desde quienes aman la docencia y la investigación, pero se encuentran ahogadxs en un océano de tareas mal remuneradas, evaluaciones continuas, burocracia interminable y una cultura institucional que glorifica la autoexplotación como si fuera sinónimo de compromiso académico.
La salud mental en la universidad se ha convertido en una bomba de tiempo silenciada. El discurso del bienestar circula como política de imagen, pero no como práctica estructural. Se organizan semanas de salud mental, talleres de mindfulness (así en lenguaje liberal) y charlas de autocuidado, mientras en la práctica los ritmos de trabajo y los niveles de exigencia se intensifican.
Largas jornadas frente a la pantalla, la multitarea permanente y la competencia entre colegas por fondos o reconocimientos institucionales han instalado el cansancio crónico como norma. La universidad, que debería ser espacio de pensamiento crítico y emancipador, se ha transformado en una máquina de productividad emocional que devora la subjetividad de quienes la habitan.
La autoexplotación se ha naturalizado. Se aplaude al docente o investigador que trabaja fines de semana, que responde correos a medianoche, que asume más carga académica “por compromiso con el estudiantado” o “la persona que se pone la camisa de la institución”.
Pero detrás de esa mística del sacrificio del ¨buen empleado¨ hay un sistema que se sostiene en la vulnerabilidad emocional y económica del personal. Los salarios fraccionados (1/4 y 1/2 tiempos), especialmente en los rangos más bajos, son insuficientes para cubrir el costo real de vida. En contextos donde el alquiler, los alimentos y los servicios básicos aumentan cada mes, la pérdida de garantías laborales como las anualidades congeladas, la imposibilidad de aumentar la jornada laboral por medio de un 16 bis1, la fata de transparencia institucional en estos procesos y el desinterés de las autoridades equivalen a una forma de violencia institucional; una que erosiona lentamente la salud física, la estabilidad emocional y la dignidad profesional.

La precarización no es solo económica, es también simbólica. Se espera que la academia sea un espacio meritocrático donde el conocimiento y el esfuerzo bastan para abrir caminos, pero la realidad es otra; los cuerpos y las identidades disidentes siguen enfrentando barreras invisibles. Las personas LGBTIQ+, especialmente quienes habitamos corporalidades cuir, seguimos cargando con la sospecha institucional. Nuestras existencias son toleradas en tanto no incomoden el orden normativo; nuestras investigaciones son aceptadas mientras se mantengan en el margen del “tema especial” y no cuestionen de raíz las estructuras cisheteronormativas de la producción del saber.
Esta violencia simbólica tiene efectos concretos en la salud mental. Vivir permanentemente en un entorno que exige disimular, traducir o justificar la propia existencia produce un desgaste profundo.
La universidad debería ser un refugio frente a estas violencias, pero muchas veces las reproduce con una sutileza institucionalizada. Se promueve la diversidad como valor, pero sin transformar los mecanismos estructurales de exclusión. Se firman políticas de igualdad, mientras los protocolos de atención siguen sin reconocer la complejidad interseccional de las diversas condiciones de vida de sus empleadxs. Se habla de inclusión, pero los espacios de decisión continúan ocupados por personas privilegiadas que no muestran empatía por las condiciones laborales precarias y violentas.
En ese contexto, la salud mental no puede abordarse como un asunto individual. No se trata de aprender a respirar mejor ni de asistir a talleres de resiliencia. Se trata de reconocer que la precarización material y simbólica mata lentamente. Que la ansiedad y la depresión no son solo diagnósticos clínicos, sino síntomas de un sistema que prioriza los indicadores de desempeño sobre el bienestar humano. Que la autoexplotación no es un acto de amor al trabajo, sino una estrategia de supervivencia frente a la inseguridad laboral.
El bajo salario, la sobrecarga de tareas y la exigencia constante de resultados no solo afectan el cuerpo, sino también el deseo de crear, investigar y acompañar procesos educativos transformadores. Nos encontramos en un punto donde la vocación se convierte en trampa; se nos pide pasión, pero se nos niegan las condiciones para vivirla dignamente. La pasión sin justicia social se transforma en explotación emocional.
Frente a esto, exigimos una transformación estructural, no paliativos simbólicos. Queremos universidades que no midan su excelencia por la cantidad de publicaciones, sino por la calidad de los vínculos que promueven. Queremos que la salud mental sea reconocida como una cuestión política y colectiva. Que se hable de bienestar junto con redistribución, de inclusión junto con justicia económica, de diversidad junto con descolonización del saber.
Las universidades deben dejar de ser espacios de sufrimiento normalizado. No queremos más docentes agotadxs, estudiantes medicadxs por ansiedad o funcionaries que sobreviven a punta de café y precariedad. Queremos espacios donde el pensamiento crítico no se quede en el discurso, sino que atraviese las prácticas institucionales, los presupuestos, las jerarquías y las políticas laborales.
Exigimos respeto, redistribución y reconocimiento. Queremos seguir produciendo conocimiento, pero sin que ello implique enfermarnos. Queremos enseñar, pero también vivir. Queremos que el amor por el trabajo académico no sea el disfraz de la explotación.
La universidad tiene la oportunidad —y la obligación— de repensarse como espacio de cuidado mutuo, de dignidad y de justicia. Pero eso solo será posible si escucha las voces que históricamente ha silenciado: las de quienes hemos sostenido el sistema desde la marginalidad, desde el deseo, desde la precariedad y desde el agotamiento.
La salud mental universitaria no se cura con pausas activas ni con campañas motivacionales. Se cura con justicia laboral, con sueldos dignos, con políticas reales de inclusión y con una pedagogía del cuidado que no tema incomodar la norma. Hasta que eso ocurra, seguiremos insistiendo: nuestra existencia, nuestro cuerpo y nuestra salud no son negociables.
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