Lic. César Moya Aburto
Costa Rica ha labrado un camino democrático, de reconocimiento de los derechos humanos y de avanzada en materia de garantías sociales desde la década de 1940, ha sido firmante de múltiples Instrumentos, Normativas, Convenios, que regulan y respaldan Derechos de los Pueblos Indígenas, como lo sería el Convenio 169 de los Pueblos y Grupos Étnicos, instrumento normado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y firmado por Costa Rica desde 1992.
Sin embargo, este reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas, pese a estar adscrito oficialmente por Costa Rica, muchas veces no se cumplen a plenitud, en la mayoría de los casos, el cumplimiento de estos derechos específicos queda en el discurso, o como popularmente se dice, queda en el papel. Siendo evidente que existe un doble discurso de parte del Estado costarricense; hacia afuera la cara pública e internacional del país muestra un Estado progresista, comprometido con los derechos humanos de los pueblos indígenas, pero en la práctica, al interno del país, el ejercicio y aplicación de estos, quedan pendientes e incumplidos Ante estas deudas, muchos de los derechos de los pueblos indígenas se cumplen finalmente debido a la lucha y presión del movimiento indígena, no necesariamente, por voluntad del Estado costarricense.
Pese a existir una tradición democrática y un discurso a nivel país sobre la defensa y reconocimiento de los derechos humanos, valdría la pena reflexionar sobre qué sucede para el caso de los pueblos indígenas, ¿Los derechos de estos pueblos se cumplen?, ¿Hay coherencia entre el discurso y la práctica?, ¿La institucionalidad costarricense tiene presente los derechos específicos de los pueblos originarios cuando ofrece sus servicios?
Ha existido un desgaste e incumplimiento de estos derechos en años recientes, en particular para el caso de los pueblos indígenas, de acuerdo con Acuña (2025), siguiendo a su vez el Informe del Estado de la Nación (2023), el desgaste del desarrollo humano se constata debido a que, comparativamente con años anteriores, hoy día menos personas tienen acceso a oportunidades laborales, de bienestar social y a un entorno seguro.
En este mismo sentido, de acuerdo con Boeglin (2024), en Costa Rica se observa desde hace ya varios años una inacción estatal aunada a un desinterés de la clase política y de algunos sectores de la sociedad costarricense que, irremediablemente, conducen a un despojo de los derechos de amplios sectores de esta misma sociedad. Una situación agravada hoy por una narrativa de algunos decisores políticos tendiente a desacreditar y a estigmatizar a algunos sectores sociales y a pequeños colectivos dedicados a la defensa de los derechos humanos y del ambiente.
En días recientes, salió a circular un video en varias páginas de redes sociales, una situación que debería llamar nuestra atención como sociedad, por lo que evidencia el suceso ocurrido en dicha grabación, en la cual se observa el abordaje de dos policías municipales de Pérez Zeledón, a un señor de nombre Uriel Segura Morales, de 56 años, indígena cabécar de China Kichá, quien fue educador en el territorio de Chirripó, según comenta don Gilberth González en su perfil de Facebook.
El video muestra como uno de los oficiales persigue a don Uriel para detenerlo y abordarlo, luego de que el oficial municipal logra alcanzarlo, se observa como este oficial junto con otro compañero, también oficial municipal, acorralan a don Uriel para amedrentarlo y propinarle un golpe en su mandíbula. Don Uriel, cabizbajo sostiene su mandíbula luego del golpe, el oficial agresor observa a su alrededor, como viendo si alguien notó lo sucedido. ¿Será que don Uriel representó una amenaza para dos oficiales armados?, ¿Era necesario dicho abordaje frente a la situación que se estaba atendiendo en ese momento? Luego de lo sucedido, don Emmanuel Ceciliano Alfaro, alcalde de Pérez Zeledón, manifestó que se realizará la suspensión y se aplicarán procesos disciplinarios para ambos oficiales municipales.
Independientemente de si don Uriel cometió una falta frente a la autoridad (no lo sabemos, en el video no se observa), y comprendiendo que las fuerzas policiales, así como el resto de institucionalidad pública deben velar por el ordenamiento público, el abordaje institucional, policial, estatal, municipal, y el servicio ofrecido por entes privados, deberían darse en el marco de los derechos humanos, en este caso, en el de los derechos de los pueblos indígenas y finalmente de la dignidad humana, ya que salta la duda: ¿esta situación se hubiese dado de la misma forma si don Uriel no fuera indígena?
Bibliografía
Acuña Sossa, Kattia. 2025. «Costa Rica multiétnica y pluricultural». Archipélies, HS1| 2025, 1-19. http://journals.openedition.org/archipelies/3524
Boeglin, Nicolas. 2024. «La agenda de derechos humanos en Costa Rica: una deuda cada vez más pesada». Voz experta. https://www.ucr.ac.cr/noticias/2024/12/12/voz-experta-la-agenda-de-derechos-humanos-en-costa-rica-una-deuda-cada-vez-mas-pesada.html
González Maroto, Gilbert. 2026. «Don Uriel Segura Morales» Facebook. https://www.facebook.com/reel/1395804509349695
"Aunque viví 30 años allá, en mi cocina siempre estuve aquí."
— Mila, en una conversación familiar (2026)
M.Sc. Backtori Golen Zúñiga

Fotografía: Backtori Golen Zúñiga
Hace un par de semanas mi mamá cumplió 84 años. Entre 1964 y 1994 vivió y trabajó en otro país. Durante tres décadas, una parte de su salario viajaba cada mes como remesa hacia Costa Rica para apoyar a su familia.
Desde que tengo memoria, tanto cuando vivíamos allá como ahora que estamos aquí, cada mes de julio celebramos su cumpleaños haciendo tamales. No hay nada que le haga más ilusión que compartir un tamal en conmemoración de su natalicio.
Cada año alguien le hace la misma pregunta: ¿por qué hacer tamales a mitad de año, si los tamales son para Navidad?
Ella siempre responde lo mismo: los tamales son para celebrar nacimientos.
Esa tradición nació mientras vivía lejos de su país y de su familia. Preparar tamales en julio era una forma de sentirse un poco más cerca de sus raíces.
Cuando una persona migra o se ve obligada a desplazarse, en su maleta viajan el lugar del que partió y los caminos que ha recorrido. Lleva consigo, a través de los sentidos, los sabores de su infancia, los saberes heredados y las formas de comprender, habitar y compartir el mundo.
Es precisamente en ese espacio donde nunca se termina de estar completamente aquí, pero tampoco se deja de habitar el allá, donde la cocina se convierte en un territorio propio. Un territorio que no necesita mapas, porque se construye con las manos, los recuerdos y los afectos. Allí, la comida se transforma en un puente que conecta la identidad con el sentido de pertenencia, la memoria con el presente y a las personas con sus historias. También se convierte en una forma de resistencia y en una manera de transmitir la cultura a las nuevas generaciones.
Cocinar nuestros platillos, en un país diferente implica adaptarse constantemente. Hay ingredientes que no existen y sabores que parecen imposibles de reproducir. Es justamente ahí donde aparecen la creatividad y el ingenio. Se sustituyen ingredientes, se reinventan recetas y se descubren nuevas formas de rendir homenaje a las recetas originales. Lejos de perderse, la identidad se transforma, dialoga con el nuevo contexto y encuentra otras maneras de permanecer viva.
Los procesos de movilidad humana no solo transforman a quienes migran; también enriquecen a las sociedades que los reciben. En ese intercambio cotidiano de recetas, ingredientes y conversaciones alrededor de una mesa circulan formas de entender el mundo, de cuidar, de compartir y de construir comunidad.
Mi mamá creció preparando los tamales de cerdo envueltos en hojas de plátano. Sin embargo, al llegar a otro país y compartir con mujeres latinoamericanas provenientes de distintos lugares, su cocina y su corazón comenzaron a expandirse. Descubrió los tamales de mole oaxaqueños de México, los tamalitos dulces de Cambray de Guatemala, los tamales de pisque de El Salvador, los nacatamales de Nicaragua, los tamales de plátano de Panamá y las humitas que recorren América del Sur.
En la historia de las cocinas y de los fogones en tierras lejanas, las mujeres han ocupado un lugar fundamental. Durante generaciones han sido guardianas de las tradiciones culinarias y, a través de la alimentación cotidiana, han cultivado conocimientos, memorias y formas de persistir. En muchos hogares, las recetas familiares no solo enseñan a cocinar; también enseñan quiénes somos, de dónde venimos y cómo seguimos construyendo identidad, incluso cuando la vida nos lleva lejos de casa.
Aunque se deje atrás un territorio físico, las personas pueden seguir habitando otros territorios cargados de significados, emociones y relaciones. La cocina es uno de esos espacios simbólicos desde donde se vuelve posible reencontrarse, de alguna manera, con el lugar de origen.
Cuando cocinamos, los alimentos se transforman: cambian de textura, de color y de sabor, pero no dejan de ser lo que son. Algo similar ocurre en el contexto de las movilidades humanas. Migrar no significa abandonar la identidad, sino aprender a habitarla en nuevos territorios. En ese proceso, la cocina, el acto de cocinar y el de compartir la mesa adquieren un significado profundo.
Quizá por eso, cada julio, mientras envolvemos tamales para celebrar el cumpleaños de mi mamá, entiendo que no estamos preparando únicamente comida. Estamos amasando recuerdos, enlazando afectos y recordándonos que, a veces, el camino más corto para regresar a casa comienza en una cocina.
Y tal vez ese sea el mayor poder de una cocina: demostrar que, sin importar donde estemos, hay sabores, olores y recetas que siempre encuentran la manera de seguir acompañándonos.
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