M.Sc. Luis Alonso Rojas Herra
Hablar de responsabilidad afectiva institucional no es un gesto retórico: es una urgencia política. En el caso de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), más que una capacidad lo que se evidencia es una profunda incapacidad de gestionar vínculos laborales saludables, ignorando el impacto emocional que sus decisiones, ausencia de políticas institucionales y pobres condiciones de trabajo tienen sobre quienes la sostenemos día a día.
La responsabilidad afectiva institucional implicaría honestidad, empatía y respeto mutuo. Implicaría, sobre todo, que la universidad asuma un compromiso real con el cuidado de sus trabajadoras y trabajadores, sin importar el puesto o el régimen que ocupen. Pero hoy, esa ética del cuidado está ausente.
Entonces, cabe preguntarse, ¿qué significa que la universidad reciba un premio? ¿Qué se está premiando cuando hacia afuera se proyecta una imagen de bienestar y desarrollo que no corresponde con la precarización, el desgaste y las violencias que vivimos quienes habitamos la institución por dentro?
No tengo respuestas cerradas, tengo inquietudes y sobre todo, tengo miedo. Pero también tengo la convicción —forjada en años de militancia— de que pensar colectivamente es la única forma de resistir y transformar.
Hay preguntas incómodas que debemos hacernos:
¿Cuál es la relación de algunas jerarquías de la UNED con el avance del fascismo y los fundamentalismos que hoy se posicionan en el poder político?
Desde mi experiencia, tras más de 10 años como docente en modalidad 32 bis e investigador en el Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE) he sido testigo del deterioro progresivo de programas y proyectos. La falta de recursos es estructural: no hay financiamiento suficiente, no hay materiales, y muchas veces terminamos cubriendo gastos con nuestros propios salarios precarizados para sostener actividades académicas.
Aquello que hacia afuera se exhibe como logro institucional (programas, alianzas, extensión social) hoy está en riesgo. No solo por el contexto político, sino por una lógica neoliberal que ha venido erosionando la universidad desde adentro. Cada vez hay menos recursos para la extensión, los presupuestos de investigación son insuficientes, y la docencia se sostiene en condiciones que difícilmente alguien elegiría si no fuera por la dura necesidad del costo de vida.
¿Por qué le cuesta tanto a la institucionalidad reconocer las violencias que reproduce?
¿Cuándo vamos a tener condiciones laborales dignas? ¿Cuándo dejaremos de depender de dos o tres trabajos para sobrevivir? ¿Cuándo vamos a poder hablar seriamente de salud mental en nuestros espacios de trabajo?
Esta realidad no necesita ser demostrada con estadísticas, se vive en los cuerpos. Y, aun así, el miedo a organizarnos persiste. Miedo a defender derechos conquistados por generaciones anteriores de funcionarios publicos y que hoy están en peligro ante un desmantelamiento sistematico que se viene reproduciendo desde hace decadas. Y, que gobiernos como el actual exarcerba el proceso cuando se niega a girar los incrementos del FEES, aprobados en los dos ultimos años.
¿Por qué la institucionalidad encuentra en el silencio una forma de obediencia?
El problema no es solo estructural. También se reproduce en prácticas cotidianas, funcionarios complacientes que legitiman y alaban (de manera vacía) a las jerarquías con la esperanza de obtener beneficios individuales, alimentando una cultura institucional basada en el oportunismo y no en el bien común.
¿Cuándo vamos a sostener conversaciones incómodas entre nosotras y nosotros mismos? ¿Cuándo vamos a dejar de reproducir prácticas nepotistas y relaciones de poder que tanto criticamos en otros espacios?
No necesitamos agradar a ninguna jerarquía para exigir condiciones laborales justas. Somos personas trabajadoras del sector público, y nuestra responsabilidad es hacer lo correcto. Y hoy hacer lo correcto implica posicionarse contra el fascismo, contra la desigualdad, contra la violencia y contra la corrupción, empezando por nuestra propia institución.
Señalar hacia afuera es fácil, y cómodo, especialmente desde ciertos espacios académicos. Lo difícil es ejercer coherencia: construir en lo cotidiano aquello que defendemos en congresos y publicaciones.
¿Cuándo vamos a hablar de la desmotivación generalizada que atraviesa a quienes trabajamos en condiciones precarias dentro de la UNED?
¿Cuándo compañerxs vamos a hacernos cargo de aquello que nos duele y nos está desmoronando como institución?


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