M.Sc. Tanya García Fonseca
A veces huimos de la realidad, como si escapar de ella pudiera hacerla desaparecer. Pero la realidad no se detiene. No pide permiso, no cambia solo porque cerramos los ojos. Mientras la ignoramos, ella sigue ahí, mostrándonos lo que tememos ver, lo que nos duele reconocer. Se mueve constante, indiferente a nuestras huidas.
En ese intento por entender, recordamos a aquellos pesimistas informados, como jugadores de Go, que no se limitaron a ver el tablero en su superficie. Buscaron movimientos ocultos, estrategias que solo se entienden al conectar los puntos. No se conformaron con elegir entre una píldora roja o una azul. Buscaban la verdad, pero comprendieron pronto que esa verdad no se encuentra en fórmulas ni atajos. La revelación no es instantánea, y nunca lo fue.
La realidad no da respuestas fáciles, no responde a las preguntas que no nos atrevemos a formular. Hoy, más que nunca, es un collage incompleto, fragmentos de información que consumimos sin cuestionar. Lo bebemos cual soma de felicidad, ignorantes de que nos vaciamos. Fragmentos de lo que otros nos dicen, como ovejas que repiten "cuatro patas sí, dos pies no."
Hoy la historia ya no se cuenta en 100 años. Ni siquiera sabemos en qué año vivimos. Tal vez estemos ya en 1984, pero todo se diluye. Vamos jugando a la Rayuela, brincando de un instante a otro sin saber si llegaremos al cielo o al infierno. Cada momento se reduce a lo que cabe en un video de TikTok. Nuestra memoria colectiva desaparece en segundos, imágenes fugaces sin espacio para la reflexión.
Y entonces me pregunto: ¿caminamos hacia un futuro como el de Fahrenheit 451, donde las palabras se convierten en cenizas? Las ideas, antes contenidas en los libros, ahora se disuelven en la nube, cargadas de bytes, vacías de contenido. Nos volvemos opinólogos de todo, expertos de nada. Y el dedo que desliza el 'me gusta' se convierte en poder absoluto. Un dedo que deshumaniza lanza odio sin rostro, condena sin preguntas. Al final, solo es un dedo, y nosotros, números, espectadores de una pantalla que nos distorsiona.
Pero esa distracción no es ingenua. Es el humo que permite que otros, en la penumbra, sigan trazando fronteras, abriendo heridas, dictando qué recordamos y qué olvidamos. Porque el poder siempre necesita que miremos hacia otro lado.
Vivimos atrapados en un laberinto de medias verdades, donde cada palabra es manipulada por quienes tienen el poder. América Latina sigue latiendo, con sus venas abiertas, heridas que no cicatrizan. Oriente se desangra. La epidermis de la historia se desgasta con cada golpe, y las huellas quedan, a veces invisibles, a veces dolorosas.
Y es en esa fragilidad de la piel, en esa exposición al dolor y al engaño, donde la realidad se vuelve ineludible. Porque bajo las vendas de nuestras distracciones, bajo el ruido de las promesas vacías, late también la fuerza de quienes resisten, de quienes siembran memoria en la tierra reseca. La realidad no se detiene. No se adapta a nuestras prisas, a nuestra ignorancia, a nuestra falta de tiempo. Ella solo está ahí, esperando ser reconocida. Y aunque queramos huir, siempre nos alcanzará — no como castigo, sino como recordatorio de que el tejido de la historia, por más que lo desgarren, nunca termina de romperse del todo.


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