Lic. Francis Muñoz Calvo
Actualmente viajar a la zona del pacífico sur de Costa Rica es posible por diferentes vías de comunicación, sin embargo, antes de 1963 intentar viajar a cantones como Pérez Zeledón o Buenos Aires desde Cartago y San José significaban una odisea. Asimismo, el transporte de mercancías y la comunicación de las poblaciones era por medios marítimos: antes del paso de la carretera interamericana la población del cantón de Buenos Aires se hacía por medio del río El General y el río Térraba. La gente sembraba mucha agricultura y se comerciaba en lugares como las bananeras en la zona de Palmar y Puerto Cortés que por esa época se llamaba “El Pozo”.
En ese contexto las poblaciones se desarrollaban, comercializaban y comunicaban fluidamente al margen de lo que ocurría en el Valle Central, lo que le permitía a estas regiones mantener una autonomía económica y cultural. Fruto de esto tuvo lugar una importante cultura campesina que se reflejaba en diferentes expresiones y de las cuales perduran muchas muy importantes, pero una de las más singulares es la permanencia de las músicas de acordeón y de los acordeoneros.

La música de acordeón acompañaba una de las celebraciones campesinas más importantes que tenía lugar dentro de la tradición agrícola de los pueblos que conforman el actual cantón de Buenos Aires, les hablamos de las juntas o también llamadas peonadas: Las peonadas o juntas como le llaman de forma indiferente los pueblos campesinos son reuniones de vecinos cuyo objetivo era llevar a cabo trabajos de la tierra mediante el sistema de mano cambiada, el cual implica que el organizador recibiría el trabajo de sus vecinos con la condición de que luego él debería devolver dicho trabajo en futuras juntas organizadas por sus pares, en un estilo de acuerdo implícito que no se negociaba y solo ocurría. La única condición para el organizador era garantizar la comida, la chicha y el baile: ahí es cuando aparecen los protagonistas del acordeón.

El oficio del músico de acordeón se desarrolló con la llegada de las migraciones chiricanas a Costa Rica, las cuales datan de mediados de siglo XIX y que fecundó la conformación de pueblos como El Pozo (hoy Puerto Cortés), Puerto Jiménez y Potrero Grande que son parte de la geografía social y cultural del sur del país. En diferentes localidades de la zona sur y en especial en los pueblos de herencia chiricana se cuentan las historias de las juntas o peonadas y también de la música y oficio del acordeonista.
En los últimos meses empezamos un proyecto de investigación y por ello hemos recorrido la región sur del país en busca de memorias y relatos de personas acordeoneras de la zona sur, escuchando y documentando la historia de quienes protagonizan y desarrollan este oficio. En estas historias las siembras, las juntas, las peonadas y otras tradiciones ocupan un lugar muy especial, por tanto, el oficio del acordeón y sus músicas tienen un lugar muy importante dentro de las actividades y tradiciones de las economías campesinas.

El objetivo de este trabajo es reconstruir la historia sobre las músicas de acordeón y el oficio de estos músicos, así como analizar las relaciones entre estas músicas y las economías campesinas. Y si bien no es el punto central de la investigación si existe un interés especial por estudiar las relaciones de estas músicas con el desarrollo socio-productivo agropecuario de la región, ya que muchas de las historias que se han recuperado plantean la relación directa entre las celebraciones como las juntas y el oficio del acordeonista.

En la actualidad existen diferentes músicos de acordeón en diferentes comunidades del cantón de Buenos Aires, especialmente en los territorios indígenas de esta región quienes ocupan un rol importante: por ejemplo, en el caso específico de Boruca los acordeonistas acompañan la tradicional celebración del baile de los diablitos. Es por tanto una expresión de raíces mestizas que con los años fue adoptada e integrada a la cultura de los pueblos originarios del sur de Costa Rica y los territorios indígenas de esta región han apropiado este oficio y esta música como propia.
Las músicas de acordeón son una de las formas que tiene el legado cultural de raíces chiricanas panameñas que persisten en la cultura del sur del país: Otras formas de este legado son por ejemplo el tamal de arroz y las salomas. Comenzando por el tamal de arroz este platillo es parte de la identidad de muchos pueblos de raíces campesinas y también es parte del menú que se prepara tradicionalmente en los territorios indígenas.

Foto por: Ricardo Araya Rojas
Por otro lado, las salomas son expresiones líricas propias de la cultura típica del norte de Panamá y son usadas como por la gente del campo durante sus labores en la ganadería y la agricultura, o sea que consisten como una forma de expresión de las personas campesinas y a modo general las salomas se pueden definir como un canto de carácter gutural que se expresa como un alarido que hacen las personas campesinas durante sus trabajos en el campo. Las salomas permanecen dentro de las expresiones de pueblos campesinos en el sur de Costa Rica como Potrero Grande, Biolley y también en territorios indígenas como Boruca durante la celebración del baile de los diablitos.
Les invitamos a ver el siguiente video:
Actualmente este proyecto se encuentra en una fase de formulación y muy pronto estará siendo parte de la terna de proyectos activos del Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo donde esperamos sumergirnos más en este mundo cultural lleno de riqueza y diversidad, experiencia a través de la cual esperamos llevar a cabo nuestras preguntas sobre los orígenes y transformaciones de estas músicas, con el objetivo de aportar a la construcción de una historia desde la memoria de las comunidades campesinas, las cuales aportan a través de su identidad y cultura muchos elementos a la construcción de una sociedad más diversa y rica. Durante este año 2026 estaremos publicando diferentes avances para compartirles la historia de las músicas de acordeón y que conozcan a los protagonistas de estas interesantes historias.
Créditos fotográficos: Francis Muñoz Calvo
M.Sc. Luis Alonso Rojas Herra
Hablar de responsabilidad afectiva institucional no es un gesto retórico: es una urgencia política. En el caso de la Universidad Estatal a Distancia (UNED), más que una capacidad lo que se evidencia es una profunda incapacidad de gestionar vínculos laborales saludables, ignorando el impacto emocional que sus decisiones, ausencia de políticas institucionales y pobres condiciones de trabajo tienen sobre quienes la sostenemos día a día.
La responsabilidad afectiva institucional implicaría honestidad, empatía y respeto mutuo. Implicaría, sobre todo, que la universidad asuma un compromiso real con el cuidado de sus trabajadoras y trabajadores, sin importar el puesto o el régimen que ocupen. Pero hoy, esa ética del cuidado está ausente.
Entonces, cabe preguntarse, ¿qué significa que la universidad reciba un premio? ¿Qué se está premiando cuando hacia afuera se proyecta una imagen de bienestar y desarrollo que no corresponde con la precarización, el desgaste y las violencias que vivimos quienes habitamos la institución por dentro?
No tengo respuestas cerradas, tengo inquietudes y sobre todo, tengo miedo. Pero también tengo la convicción —forjada en años de militancia— de que pensar colectivamente es la única forma de resistir y transformar.
Hay preguntas incómodas que debemos hacernos:
¿Cuál es la relación de algunas jerarquías de la UNED con el avance del fascismo y los fundamentalismos que hoy se posicionan en el poder político?
Desde mi experiencia, tras más de 10 años como docente en modalidad 32 bis e investigador en el Centro de Investigación en Cultura y Desarrollo (CICDE) he sido testigo del deterioro progresivo de programas y proyectos. La falta de recursos es estructural: no hay financiamiento suficiente, no hay materiales, y muchas veces terminamos cubriendo gastos con nuestros propios salarios precarizados para sostener actividades académicas.
Aquello que hacia afuera se exhibe como logro institucional (programas, alianzas, extensión social) hoy está en riesgo. No solo por el contexto político, sino por una lógica neoliberal que ha venido erosionando la universidad desde adentro. Cada vez hay menos recursos para la extensión, los presupuestos de investigación son insuficientes, y la docencia se sostiene en condiciones que difícilmente alguien elegiría si no fuera por la dura necesidad del costo de vida.
¿Por qué le cuesta tanto a la institucionalidad reconocer las violencias que reproduce?
¿Cuándo vamos a tener condiciones laborales dignas? ¿Cuándo dejaremos de depender de dos o tres trabajos para sobrevivir? ¿Cuándo vamos a poder hablar seriamente de salud mental en nuestros espacios de trabajo?
Esta realidad no necesita ser demostrada con estadísticas, se vive en los cuerpos. Y, aun así, el miedo a organizarnos persiste. Miedo a defender derechos conquistados por generaciones anteriores de funcionarios publicos y que hoy están en peligro ante un desmantelamiento sistematico que se viene reproduciendo desde hace decadas. Y, que gobiernos como el actual exarcerba el proceso cuando se niega a girar los incrementos del FEES, aprobados en los dos ultimos años.
¿Por qué la institucionalidad encuentra en el silencio una forma de obediencia?
El problema no es solo estructural. También se reproduce en prácticas cotidianas, funcionarios complacientes que legitiman y alaban (de manera vacía) a las jerarquías con la esperanza de obtener beneficios individuales, alimentando una cultura institucional basada en el oportunismo y no en el bien común.
¿Cuándo vamos a sostener conversaciones incómodas entre nosotras y nosotros mismos? ¿Cuándo vamos a dejar de reproducir prácticas nepotistas y relaciones de poder que tanto criticamos en otros espacios?
No necesitamos agradar a ninguna jerarquía para exigir condiciones laborales justas. Somos personas trabajadoras del sector público, y nuestra responsabilidad es hacer lo correcto. Y hoy hacer lo correcto implica posicionarse contra el fascismo, contra la desigualdad, contra la violencia y contra la corrupción, empezando por nuestra propia institución.
Señalar hacia afuera es fácil, y cómodo, especialmente desde ciertos espacios académicos. Lo difícil es ejercer coherencia: construir en lo cotidiano aquello que defendemos en congresos y publicaciones.
¿Cuándo vamos a hablar de la desmotivación generalizada que atraviesa a quienes trabajamos en condiciones precarias dentro de la UNED?
¿Cuándo compañerxs vamos a hacernos cargo de aquello que nos duele y nos está desmoronando como institución?
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